La canción de los desastres

Hay veces en que escuchas una canción y sientes la necesidad de irte a un lugar donde solo escuches ese sonido que te hace viajar fuera de ti. Tal vez pisar un desierto, que tus pies se entierren en la arena y sentarte, dedicarte unicamente a la contemplación de un paisaje inexistente, inescrutable e incorruptible y dejar que en este caso el sol haga de tu piel su presa y la transforme a su antojo para hacerte parte de la naturaleza, del paisaje, de ese sueño que estas viviendo. Tal vez sentarte a la orilla de un rio y que el agua helada congele esas memorias que quieres borrar y limitarte a ser solo lo que quieras ser, no lo que la vida ha hecho de ti, que las palabras que digas sean eco de un sentimiento verdadero y no condicionado por las rocas que has tropezado o esquivado en tu camino. Hay veces en que quieres que esa voz que te grita en los oidos sea de verdad una avalancha que arranque de golpe ese mundo desequilibrado que te rodea y te coloque en ese risco al final del mundo donde los vientos chocan, se devuelven y combinan perfectamente con la estridente guitarra que acompañó la avalancha.


Pero es tan imposible este cambio que la música se convierte en el único maravilloso medio de escape del mundo real, de ese mundo que vive dentro de su propia falsedad, ese mundo donde no somos libres y donde terminamos tristes y solos al final de nuestros días, donde lo más real que podemos dejar de nosotros despues de vivir es un papel escrito con nuestro puño y nuestras rabias.

A veces quisiera que la Música fuera una llave tangible y largarme a vivir donde la soledad no es soledad y donde lo terrible es solo un paisaje hermoso que demuestra la grandeza de la madre tierra, porque las tormentas son hermosas, los terremotos son grandeza y los estallidos son susurros si en tus oidos suena la canción que deseas escuchar.


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